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El barco que no flotaba

Publicado: 31 octubre, 2010 de Unai Mezcua en Literatura, Periodismo
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Una noche, un  aventurero canadiense, sargento del Ejército durante la Segunda Guerra y amante del mar, decidió, harto de desperdiciar su vida sembrando hierba y recogiendo polvo en las montañas del centro de Ontario, hacerse con un barco y, junto a su compadre Jack McCelland, surcar el mar, como durante siglos muchos otros habían hecho antes que él: en un viejo barco de madera, de esos que antaño tripulaban hombres de hierro. El fulano en cuestión se llamaba -y se llama, porque me consta que aún vive, aunque ya viejo y achacoso- Farley Mowat, y es uno de los mejores escritores canadienses de la segunda mitad del siglo XX -por no decir el único que conozco-.

El barco que no flotaba

A la mañana siguiente, Mowat, inmerso en las neblinas de la resaca,    partió hacia el único lugar donde en los años sesenta todavía podían  encontrarse barcos de madera cerca de Ontario: Terranova, un islote  repelente e inhóspito, barrida por el viento, situado a unos cincuenta    kilómetros de la costa oeste de Canadá, en pleno centro de ninguna  parte. Una vez allí, Mowat inició un largo periplo buscando esa  embarcación que le llamaba. Fue una búsqueda laboriosa -todos las  naves que encontraba o eran demasiado caras o “llevaban ya tiempo  disfrutando de un merecido descanso en el fondo del mar”, pero  finalmente lo encontró. El barco en cuestión era una goleta típica de  Terranova conocida como “gorrona”, que llevaba tiempo sirviendo  como almacén de desechos flotante a unos hermanos pescadores de la costa sur de la isla, los Hallohan. Mowat se enamoró al instante, pese al hedor nauseabundo que despedía, pese a que una intensísima niebla -rasgo característico de la isla- le impedía ver nada salvo el horrible color verdoso que cubría el casco, y pese a la impresionante borrachera que llevaba, inducida por haberse mamado varios vasos de un fortísimo ron terranovés,  “el Scratcht”, licor que los Hallohan parecían tener para dar y tomar, y que probablemente le dieron, gustosos, con objetivo de endilgarle el trasto.

Con la goleta ya en su poder, Mowat iniciará un viaje que le llevará por toda Terranova. Conocerá a sus gentes, sus pueblos, sus paisajes y sus historias, y con su magnífico humor, ironía e inteligencia, irá resolviendo los infinitos problemas que le plantea un barco ruinoso pero a la vez hermoso y casi humano. Mowat va ha hacer especial hincapié en denunciar a la infame clase política isleña, cuyo sistema político llega a calificar de “república bacaladera”, en clamar contra la preocupante falta de infraestructuras de la isla -en aquella época, al único tren de la isla llegaba a tardar hasta cuatro semanas en cruzar un territorio de apenas 110.000 kilómetros, y las carreteras eran, en el mejor de los casos, inexistentes- y en señalar las profundas diferencias entre una clase rica que no salía de la capital, St Johns, que “habla con acento inglés, envía a sus hijos a colegios británicos y no quiere saber nada del resto de los habitantes de la isla” y el resto de habitantes del territorio, que durante siglos habían sobrevivido a numerosas invasiones, a sus problemas cotidianos y a sus necios gobernantes con grandes dosis de picardía, inteligencia y, sobre todo, ayuda mutua.

Mowat recogió todas estas vivencias en un libro, “El barco que no flotaba”, y que he escogido precisamente como marco para esta, mi primera entrada en “La Palestra digital”, por dos razones. En primer lugar, porque tras leerlo por primera vez, me quedó claro que quería dedicarme al mundo de las Letras, pero en un sentido práctico, en contacto constante con las personas, tal y como hace Mowat en este libro, donde cada página, cada frase, surge de la interacción de Mowat con la gente y de las historias que estos le cuentan. Y no se me ocurre un ámbito de las Letras más cercano a la gente que el periodismo, que se encarga básicamente de analizar y narrar precisamente lo que hacen y cuentan las personas. Pero sobre todo, porque tras leer este condenado libro sentí una envidia como nunca antes había sentido. Yo quería escribir como este tipo, quería vivir aventuras como vivió este tipo, quería ser capaz de conocer a la gente como hacía este tipo, el genial Farley Mowat. Y ello, nos lleva de nuevo al periodismo, una profesión donde -al menos vista desde un punto de vista romántico- donde se está en contacto directo con la gente, se viaja y se viven “aventuras”. Por culpa de este maldito libro, ahora estudio cuarto de Periodismo en la Complutense. Al menos, espero que al final este “barco”, nuestro pequeño blog, también flote, como al final acaba haciendo el de Mowat.

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