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El pasado sábado, un conocido programa realizaba una entrevista a la madre del Cuco, el único joven implicado en el asesinato de Marta del Castillo, uno de los crímenes más conocidos e indignantes de los últimos años. Dicha entrevista, pagada, tenía un único fin, captar la máxima audiencia posible mediante el morbo, aunque el contenido fuera para lavar la cara de este sujeto indeseable.

Hasta aquí, todo es “normal”, o entra en la tónica dominante de este penoso canal conocido como Telecirco. Todos sabemos de qué trata La Noria, de quienes son sus personajes habituales, sus tertulias políticas manipuladas de principio a fin, su presentador, sus invitados… Pero de repente entran en el juego las redes sociales. La indignación de la gente al ver este programa crece, avivado en internet, provocando que algunas marcas retiren su publicidad de La Noria. Primero fue Campofrío, pero después han ido desfilando Nestlé, Puleva, Bayer y Panrico. Todo un mazazo para el programa dirigido por Jordi González, ya que una de las mayores fuentes de ingresos es la publicidad.

 

Como estudiante de periodismo, no dudaría ni un solo momento en hacer una entrevista si un asesino, ladrón, violador o cualquier persona que tenga una historia interesante que contar se me ofreciera. Pero lo que nunca haría es pagar para entrevistar a un personaje que ha cometido un delito, sea del tipo que sea. Este es el grave error que comete Telecinco, pagando a la madre del Cuco para que limpie el rostro manchado de sangre de su hijo con el objetivo de conseguir un par de décimas de share más. Este error va a pasar factura a Jordi González porque estamos en la era de las redes sociales. Seguramente, hace diez años, esta polémica se hubiera quedado en un simple chismorreo risorio e insignificante. Pero en plena era de internet, donde el ciudadano anónimo tiene voz y voto, expresando libremente su digna opinión, el periodista y los medios de comunicación tienen que cuidar más sus contenidos.

Me parece bien que la audiencia, mediante las marcas publicitarías, peguen un buen tirón de orejas a Telecinco en general y a La Noria en particular. El periodismo debe de estar por encima de la publicidad, pero cuando el contenido periodístico no está a la altura, abusando del morbo fácil y barato, alguien tiene que poner cordura y las cosas en su sitio. Si Jordi González nunca ha meditado poniéndose en la piel de otras personas, que lo haga ahora con los padres de Marta del Castillo. Entonces entenderá la apuesta valiente de Campofrío y el sentir mayoritario de los españoles.

A continuación os dejo los enlaces de la entrevista de la madre del Cuco realizada en La Noria el sábado 29 de octubre.

http://www.youtube.com/watch?v=XADaaHFZMCc&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=uDqN4_A6HXo&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=L29DPCJVQJg&feature=related

Aunque esta andadura la comenzamos, o mejor dicho, la inició mi compañero Mezcua a finales de octubre y, exactamente no llevamos trescientos sesenta y cinco días con este blog, fue en octubre y por ello quiero rendir cuentas de la mejor manera que puedo, escribiendo.

Como decía anteriormente, el blog Palestra Digital lo creó mi compañero y amigo Unai Mezcua. Desde ese día hemos expresado nuestras ideas y compartido inquietudes en libertad. Artículos deportivos, políticos, literarios, curiosos o más fogosos, como el único “copiado” de David Montes han sido publicados a lo largo de este tiempo con la única intención de intercambiar posturas y aprender a expresarnos, como estudiantes de periodismo que somos.

Mozo Cobo, madridista hasta la médula, es nuestro compañero que, sin hacer mucho ruido, va tirando de este blog. Sus entradas de fútbol son semanales con unas reflexiones muy buenas y demostrando que en el deporte rey por excelencia entiende más de lo que parece, o de lo que yo podría llegar a saber nunca.

Pero lo más importante de todo esto es escribir en libertad. De no depender de nadie salvo de nosotros mismos. Que Adrián le apetece hablar del nuevo disco de Melendi, pues lo hace y punto. Es aquí donde se demuestra el poder de internet, y sobre todo, la importancia que tiene para un aspirante a periodista poder emplear y ampliar sus conocimientos sin ser cuartado o presionado. Para algunos esto les parecerá una chorrada. Pero creerme que no hay cosa más bonita que poder expresarse libremente, con todas sus virtudes e inconvenientes. Muchas veces no somos conscientes de que no hace mucho en España no se podía hablar de ciertos temas con libertad porque había un régimen dictatorial. O que en algunas zonas de este país el nacionalismo vasco no permita la libertad de expresión en estos momentos.  

Por todas aquellas personas que, por desgracia, no han podido o no pueden expresarse en libertad, nosotros vamos a seguir aprovechando esta oportunidad que la historia nos brinda y seguiremos con este blog aprendiendo y comunicándonos de manera sencilla, libre y directa.

El barco que no flotaba

Publicado: 31 octubre, 2010 de Unai Mezcua en Literatura, Periodismo
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Una noche, un  aventurero canadiense, sargento del Ejército durante la Segunda Guerra y amante del mar, decidió, harto de desperdiciar su vida sembrando hierba y recogiendo polvo en las montañas del centro de Ontario, hacerse con un barco y, junto a su compadre Jack McCelland, surcar el mar, como durante siglos muchos otros habían hecho antes que él: en un viejo barco de madera, de esos que antaño tripulaban hombres de hierro. El fulano en cuestión se llamaba -y se llama, porque me consta que aún vive, aunque ya viejo y achacoso- Farley Mowat, y es uno de los mejores escritores canadienses de la segunda mitad del siglo XX -por no decir el único que conozco-.

El barco que no flotaba

A la mañana siguiente, Mowat, inmerso en las neblinas de la resaca,    partió hacia el único lugar donde en los años sesenta todavía podían  encontrarse barcos de madera cerca de Ontario: Terranova, un islote  repelente e inhóspito, barrida por el viento, situado a unos cincuenta    kilómetros de la costa oeste de Canadá, en pleno centro de ninguna  parte. Una vez allí, Mowat inició un largo periplo buscando esa  embarcación que le llamaba. Fue una búsqueda laboriosa -todos las  naves que encontraba o eran demasiado caras o “llevaban ya tiempo  disfrutando de un merecido descanso en el fondo del mar”, pero  finalmente lo encontró. El barco en cuestión era una goleta típica de  Terranova conocida como “gorrona”, que llevaba tiempo sirviendo  como almacén de desechos flotante a unos hermanos pescadores de la costa sur de la isla, los Hallohan. Mowat se enamoró al instante, pese al hedor nauseabundo que despedía, pese a que una intensísima niebla -rasgo característico de la isla- le impedía ver nada salvo el horrible color verdoso que cubría el casco, y pese a la impresionante borrachera que llevaba, inducida por haberse mamado varios vasos de un fortísimo ron terranovés,  “el Scratcht”, licor que los Hallohan parecían tener para dar y tomar, y que probablemente le dieron, gustosos, con objetivo de endilgarle el trasto.

Con la goleta ya en su poder, Mowat iniciará un viaje que le llevará por toda Terranova. Conocerá a sus gentes, sus pueblos, sus paisajes y sus historias, y con su magnífico humor, ironía e inteligencia, irá resolviendo los infinitos problemas que le plantea un barco ruinoso pero a la vez hermoso y casi humano. Mowat va ha hacer especial hincapié en denunciar a la infame clase política isleña, cuyo sistema político llega a calificar de “república bacaladera”, en clamar contra la preocupante falta de infraestructuras de la isla -en aquella época, al único tren de la isla llegaba a tardar hasta cuatro semanas en cruzar un territorio de apenas 110.000 kilómetros, y las carreteras eran, en el mejor de los casos, inexistentes- y en señalar las profundas diferencias entre una clase rica que no salía de la capital, St Johns, que “habla con acento inglés, envía a sus hijos a colegios británicos y no quiere saber nada del resto de los habitantes de la isla” y el resto de habitantes del territorio, que durante siglos habían sobrevivido a numerosas invasiones, a sus problemas cotidianos y a sus necios gobernantes con grandes dosis de picardía, inteligencia y, sobre todo, ayuda mutua.

Mowat recogió todas estas vivencias en un libro, “El barco que no flotaba”, y que he escogido precisamente como marco para esta, mi primera entrada en “La Palestra digital”, por dos razones. En primer lugar, porque tras leerlo por primera vez, me quedó claro que quería dedicarme al mundo de las Letras, pero en un sentido práctico, en contacto constante con las personas, tal y como hace Mowat en este libro, donde cada página, cada frase, surge de la interacción de Mowat con la gente y de las historias que estos le cuentan. Y no se me ocurre un ámbito de las Letras más cercano a la gente que el periodismo, que se encarga básicamente de analizar y narrar precisamente lo que hacen y cuentan las personas. Pero sobre todo, porque tras leer este condenado libro sentí una envidia como nunca antes había sentido. Yo quería escribir como este tipo, quería vivir aventuras como vivió este tipo, quería ser capaz de conocer a la gente como hacía este tipo, el genial Farley Mowat. Y ello, nos lleva de nuevo al periodismo, una profesión donde -al menos vista desde un punto de vista romántico- donde se está en contacto directo con la gente, se viaja y se viven “aventuras”. Por culpa de este maldito libro, ahora estudio cuarto de Periodismo en la Complutense. Al menos, espero que al final este “barco”, nuestro pequeño blog, también flote, como al final acaba haciendo el de Mowat.